sábado, 27 de abril de 2013


¿PARA SIEMPRE?

Más que encuentros, lo que Edelmíro y yo veníamos practicando de un tiempo a esta parte eran desencuentros. 
Una manifestación clara y rotunda de  la obviedad  implacable de la utilización del set de "necesidades  extra urgentes".

Dicha necesidad acabó desencadenado el paso al segundo "round"; pegar más fuerte, golpear bajo y contundentemente, pero sobre todo y ante todo,  había obligado a sopesar la seria valoración del uso ilícito de un arma poderosa e infalible: el arma de la disuasión por pena.

Practicar el juego de la lástima amén de sollozar lágrimas de cocodrilo atormentado, siempre fue oportunidad aprovechada, la más sutil e inexplicable de las venganzas, la  mejor forma de llevarse el gato al agua.
En realidad era la forma ideal de ganar perdiendo o dicho de otro modo,  de perder ganando.

Era la tercera vez que se me intentaba eliminar de un espacio vital en común con artimañas indignas de  hombre que se precie de serlo. Artimañas tales como:  "no eres tú, soy yo", " hemos de darnos un tiempo para pensar", "quizás te merezcas otra cosa mejor", en vez de plantar la cara y exponer a pie de pista: "tengo una rubia, diez años más joven,  loca por mis huesos" , "¿te comenté lo de los diez años más joven?" o "en la variedad está el gusto y he decidido variarte", "variarte por la rubia diez años más joven, por si no lo habías entendido" ...

Pues bien, cada vez que el juego comenzaba, se sucedían la siguientes secuencias: primero el gin-tonic, segundo, encendido de cigarro y  tercero mirada  con cara de circunstancia anómala. Ese era el disparo de salida previo a la carrera verborréica que amenazaba con llegar.  Justo en ese punto y no en otro es donde  empecé  a  aprender a precipitar el curso de la situación.

Todo esto era hartamente cansado a la par que incómodo. No me sentía merecedora de tales circunstancias,     no me sentía merecedora de tal indignación. Pero ¿quién  estaría  dispuesta a renunciar por culpa de alguna  loba en celo (diez años más joven),  a  todas las comodidades que me había logrado asegurar con paciencia y tesón? 

No se puede olvidar tan a la ligera los envites ardorosos de media noche, la llegada de aquel  ascenso que nos había mantenido en vilo durante días, las tardes de espera soñándole.
¿Quién renunciaría a la recompensa final así sin más? 
La casita en la playa, la visa oro resplandeciente, mis diez horas de sueño reparador diarias... todo un tesoro asido de alguna forma a Edelmiro.

Al final de cada patético episodio, el gin-tonic, que yo misma le acabaría sirviendo,  nos miraría como idiotizado asumiendo parte de culpa, con lo que pondría todo de su parte para relajar la situación. El cigarro se consumiría  de pena en algún cenicero que habríamos traído de algún viaje exótico, y la mirada volvería  a sufrir el disgusto de no ser ella misma, sino una indisciplinada huida a otra parte. 
Al final de los finales acabaría, como yo misma,  convertida en un amortiguador o en un misterio irresolvible. Quién sabe.

©Concha González
Imagen de la red.

jueves, 28 de marzo de 2013

LA CORTESANA.




 LA CORTESANA

Siempre tenía bien claro  lo que debía de hacer en cada ocasión. No obstante para ello se había preparado desde siempre y  para siempre con  férrea tenacidad,  a conciencia y sin conciencia, sin prisa pero sin pausa.

A la gente le gustaban los contrastes y debía de reconocer que a ella también. Por eso, poseía todo un completo arsenal de mentiras, de castillos en el aire, de cantos de sirenas, de patrañas tangibles; las intangibles solían conseguir permanecer libres como el viento  aunque, eso sí, casi siempre acababan apresadas en un libertinaje clandestino a la par que inmersas en esas tenebrosas profundidades que los instintos de cada uno parecen poseer. Permanecían, pues, en el artífice de  esos sueños de media alcoba, de baja cama, de prohibidas vocaciones, de siniestros e impudorosos ruegos.
Poseía también, dentro de su riqueza camaleónica, silencios a contrapelo, pubescencias  perdidas, guerras a tientas, sumisiones de geishas, personalidades de señoritas de escuela, de leonas de circo, de azotadoras siniestras,...y así un sin fin de seres inermes desorientados en el tiempo, pero orientados dentro de los más perdidos y pérfidos secretos.

El curso de psicología conductual le había sido altamente útil. Con un solo mirar a los ojos, sabía gustos, preferencias, personalidades, caprichos, vergüenzas e incluso miserias del usuario en cuestión. Podría decirse de ella que era una heroína, una maga, un sueño convertido en una corta realidad, algo así como  un  peculiar Santa Claus.

Colmaba de regalos los gustos más estrafalarios y lograba de manera sencilla y eficaz que nadie muriera sin cumplir su deseo por más oculto y patético que fuera. Llegó a ser, en un arrebato de permisión,  hasta una finada inmóvil y blanquecina  de labios color cardenalicio en cuerpo y presencia. Tuvo de reconocer, en un despliege de sinceridad equilibradora, que hasta el momento había sido  su peor trabajo.

Había nacido para hacer feliz a los demás. Eso lo tenía muy, pero que muy claro y no pensaba cambiar de condición después de tanto esfuerzo.
Su madre, gran  profesional donde las hubiera,  se había encargado de inculcárselo desde la más corta infancia. Y es que, ya se sabe... una madre siempre quiere lo mejor  para una hija.

©Concha González.
Imagen tomada de la red.

domingo, 10 de marzo de 2013



INADMISIBLE

Acostumbraba a  tomarse el cortado a sorbos, a pesar de que siempre lo pedía con leche fría. Decía que la leche ardiendo cambiaba el sabor del café de un modo inadmisible.
Además solía ver los partidos de la  selección aposentado en el sofá orejero de su piso de la plaza de las cortes leonesas, ya que según palabras propias, el bullicio con el que se arremetía contra  las personas en las zonas comunes, era del todo inadmisible. 
También consideraba inadmisible el sonido de los móviles en el aire, decía que contaminaban el silencio; así como el arte callejero, arte  que siempre había considerado  de mal gusto y estrafalario. Inadmisible era, bajo su funesta opinión, saborear un helado en la plaza mayor ante  la vista de todo el mundo, o acariciar a tu pareja  en el banco de un jardín público. Inadmisible caminar descalzo, soñar despierto, vivir lento. Inadmisible el sonido que las palomitas producen en la boca de los cinevidentes una tarde de domingo, y también,  las llamadas a deshoras para decir un "te quiero" o un "te echo de menos".
Todo ello era sencillamente inadmisible.

Y así fue como rezaba el epitafio previamente preparado por él mismo poco antes de morir, ya que, según su propios pensamientos, era del todo inadmisible iniciar cualquier viaje al campo santo sin dejar previamente preparado uno que te honre:

 "Me marcho como he venido. Me voy como como he vivido. Solo,  sin más compañía que yo mismo"

Habría sido inadmisible de cualquier otro modo.

©Concha González.

sábado, 9 de marzo de 2013




EL TRAJE

            Deambulo por la calle a consecuencia de la ignota insumisión de mis pies. Obedecen a un ser que creo no ser yo. 
En presencia, ese ser, toma una apariencia física idéntica a la mía, como si de un clon se tratara. Mujer, mediana estatura, cabello crespo, ojos toscos, nariz de imposible ensueño en rostro cenceño. Cuello largo, larga pierna, largo cabello, toda yo soy una desvirtuada oda a la largura con la evidente  y decepcionante excepción de mi estatura.
            Con todo esto estoy tratando de describir el empaque, es decir, lo de afuera, el exterior más inmediato que responde a fugaces miradas de otros rostros quiescentes, lo que se viene normalmente a denominar “el aspecto físico”.
            Pero, ¿y lo otro?, me estoy claramente refiriendo al interior, la profundidad de uno mismo, la intrínseca  personalidad, la manera de ser, el alma y el espíritu, el alfa  y el omega, los pensamientos, en fin…

            Transcendencias a un lado, he de seguir con la disertación inicial.
            Primero, porque así me lo inspira el lado invisible de mi esencia.
            Segundo, porque me apetece sin más explicaciones.

            A ratos, siento como si vistiese un traje. Ese traje (por cierto, no del todo de mi gusto) no es susceptible  de cambio alguno. Sucede como en los uniformes de los colegios, es de obligada puesta. Se luce a todas horas, tanto de día como de noche y por si esto fuera poco, se arruga y se estropea con el devenir del tiempo.
            No, definitivamente no me gusta. Es vulgar y poco estético (según la tendencia actual, a la cual me sumo supongo por puro contagio) a la par que tosco y burdo. Se me olvidó agregar anteriormente que es gratis. Sí, gratis. Aunque parezca que hoy en día no hay nada gratis, esto sí lo es. Doy fe.
            Esto, así de entrada, parece algo bueno y positivo,  ¿a quién no le gustan las cosas gratis? 
Precisamente a los españoles eso nos vuelve locos. Pero ¿qué pasaría  si alguien te obligase a ponerte  un gorro (quien dice un gorro dice unos guantes)  el cual haya  sido regalado por tu cumpleaños, todos los días de tu  vida?  Y peor aún, que dirías si encima el gorrito de marras te pareciese feo,  hortera y te sentase mal.
             Llegados a esta situación, vendría de perillas la utilización del requetesabido refrán que reza así:
             “El que regala bien vende, si el que recibe lo entiende”.
Pero, no nos soliviantemos, todo tiene su explicación.
            Nuestro traje de obligatorio uso es gratis porque es de herencia, una herencia que no se solicita  al fallecer los heredadores y por la que no se paga impuesto alguno (esto hay que decirlo bajito, no vaya a ser que alguien  se le ocurra algo).
Te toque lo que te toque, a callar y a pujar hasta el final de los días.

            Mi traje no sería el escogido por nadie en el perchero de una tienda de modas, ni siquiera si se encontrara en rebajas a mitad de precio, ni en un pague dos y lleve tres, ni en el montón que vende la gitana de turno voz en grito de ¡a un euro Marías, todo a un euro, a mirar y a escoger!… Quedaría visto para la venta  junto a un montón más de semejante caída,  supongo que para reciclar.  Eso con suerte, ya que podría llevar peor destino y ser rediseñado como disfraz de bruja pirula y algún gracioso lo luciría en los carnavales de mi pueblo. No es broma. No saben ustedes los tochos que me gasto.

            Por todo esto y más, me gusta hablar del interior.
¿Qué es lo más importante de un coche? El motor.
Lo más importante de una casa: la confortabilidad interior.
De un regalo bien envuelto: su interior.
Un bombón de licor es delicioso por: su interior.

            Siento cuando camino entre la multitud, la sensación de  que mi traje me va chico.  Otras veces es  lo contrario. Me parece que las mangas me caen tres vueltas y la cintura se me cae diez centímetros. Esto me sucede porque me siento observada más de lo que quisiera y como monos en la cara no tengo, pues ha de ser cosa de la vestimenta digo yo.
            Se dice que hay sitios en los que transforman el traje. Cosen por aquí, hilvanan por allá, quitan de donde sobra y ponen donde no hay. Pero yo una vez más me pregunto  ¿y todo eso a juicio de quién? ¿Quién decide que yo tengo nariz de más y por decir algo se me ocurre busto de menos?
            Se dice también, que es caro, carísimo. Así es que se me puede imaginar de donde vienen las ideas de los cambios y recambios.

            Vuelvo otra vez al interior para mencionar la curiosidad de que esto sí que no hay donde cambiarlo. Si no te gusta algo  del interior,  pues simplemente decir que esto más mal que bien  no tiene arreglo. Ni pagando ni sin pagar. Te lo resuelves tu solita o solito, o lo asimilas para siempre prudentemente y sin mayores aspavientos.

En fin, parece que después de estos pensamientos tortuosos, he llegado a la funesta conclusión o mejor dicho a la maravillosa conclusión, que el traje es lo de menos, pese a quien le pese, y el interior es lo de más. Por ello, una servidora tratará en la medida de lo posible de cuidar lo segundo con más celo y entrega que lo primero, que tampoco es caso de descuidar, ya que cuando te duele una muela ves el cielo las estrellas y las constelaciones enteras y yo con ver el suelo por el que camino cada día ya tengo suficiente.
©Concha González.




lunes, 31 de diciembre de 2012





EL RELOJ

Hoy me he tirado  de la cama de un salto. 
Me despertó la conciencia del que quiere respirarse el mundo, avanzar al paso de sus minutos danzarines, no perderse ni un instante de sus desvelos, ni un segundo de sus silentes efectos. Descansar,  ya descansaré más tarde, siempre después de que la historia amenace con volver de nuevo. Antes sería una gran pérdida de tiempo. Un tiempo que te desheredará sin legitimidad alguna mucho antes que su propia alma desaparezca, antes incluso de que llegues a recordar su rostro exánime clamando por observarte, antes de que recuerdes…mucho antes.
Después, mientras tiro la toalla de la ducha vespertina y abro las ventanas para que las pesadillas  nocturnas  infecten los aires virginales de la virginal mañana, espero pacientemente, ¡qué remedio!, a que la luna veje con su ojo casto y tímido a la oscuridad malintencionada de otra noche  que fenecerá, probablemente,  con la siguiente alborada.
Mientras, el reloj, culpable implícito, socio siniestro, instigador abyecto, parece seguir robándonos  las horas que, en realidad, nunca jamás poseímos ni poseeremos. Parece querer contar cuanto dura el  infinito en claudicar de sus mañanas, y marcar el silencio de los silencios con su tonada perpetua en perpetuo lamento. Parece querer festejar la impermanencia de los deseos.
Parece trocar su aliento por tu aliento.

©Concha González.

viernes, 21 de diciembre de 2012





EL ESPÍA URBANO

Nadie mejor que el espía urbano para realzar historias de gentes llanas.
Historias simples y mundanales; cotidianas y usuales.
Historias que en ocasiones se alcanzan a otear con la diáfana claridad del día  mientras otras descansan ineluctablemente soterradas en sus inescrutables talantes y con escasas posibilidades de apreciarse en el hirsuto semblante que uno viste en zonas comunes.
Historias enrevesadas y enigmáticas; descabelladas y soñadoras. 
Nadie mejor que el espía urbano, para vislumbrar taimadamente sucesos ajenos. Sucesos tristes e insondables, como esa cerrazón que precede y antecede a la furiosa tempestad. Sucesos alegres con  un soleado anverso y un bonancible reverso. Sucesos incuestionables e inevitables, como aquellos sufrimientos de amores. Sucesos divertidos y afables, nacidos con objeto de soslayar diarias y artificiosas tensiones del alma.

            Una minúscula pajarita de papel artesanalmente elaborada, descansa ociosa en el alféizar de una ventana a la zaga de nuestro espía. Adolece de una evidente abulia contagiada sin duda alguna por las anónimas  manos que en su momento le dieron el ser.
            Aún así, permanece yerta pero expectante ante todo lo que sucesivamente  va ocurriendo a su alrededor. Pareciese  como si miles de fotogramas desfilaran por delante de sus imposibles ojos creando la película más surrealista que uno pudiera imaginar. Semeja una inesperada ayuda de cámara de nuestro espía,  venida al mundo a manos de un aburrido pasajero para dar solaz a su tedio y como efugio a sus minutos muertos, presa irremediable de ese  momento y del  inevitable antropomorfismo en el que se ha visto envuelta.

            El circunspecto espía urbano recorre con premura, previa adjudicación de su itinerario, cada calle, cada vía, cada hueco…hasta llegar a ningún sitio en concreto.
            Serpentea disciplinadamente por angostas calles y  sombríos vericuetos, así como por amplias y soleadas avenidas dignas de paseos de reyes, obviando vidas y sueños pero obligado involuntario a incurrir en ellas.
            Observa a la señora de negro absoluto. Sin que nadie se lance a verbalizar explicaciones vanas,  evidencia con una claridad absoluta  que no  trata de ir a la última moda  acoplándose  a ese grupo llamado “Los góticos”, sino que su entristecido y murrio semblante anuncia al mundo  la pérdida de un ser querido.
            Ese señor  envarado que viste  un caro  traje de marca, zapatos italianos y cartera de piel, pregunta al chofer por el precio del billete antes de hacerse con uno. Su coche, probablemente de alta gama también, se averió esta mañana y no encontró  taxi cerca.
            La señorita oriental de mochila a la espalda conversa en un dificultoso idioma por su móvil de última generación. Es una estudiante con una beca Erasmus.
            Una joven comienza a toser de forma violenta y tenaz. Cuando creemos que debe de entrar en juego ese juicioso civismo del que todos hacemos alarde  poseer ante el posible riesgo de una inminente asfixia, extrae con experta sabiduría de su moderno bolso de tela un spray milagroso que aplaca su indolente mal. Es asmática.
            Una pareja discute lo suficientemente alto y fuerte, para evidenciar ante todos sus subversivos problemas de pareja.
¿Quién lava los platos cada noche?
¿Quién va al colegio a buscar al niño a diario?
¿Quién sueña con otra vida distinta a esta?

            Nadie repara en la enhiesta figura del conductor. Pareciese ser otra   pieza  más del vehículo, tal como el volante, las ruedas o asientos. Nadie repara en él,  excepto su inseparable y aquiescente compañero de viajes.
También  nuestro conductor es  susceptible de ser espiado. Todo ello a pesar del obligado disfraz que viste, en un conato de  despistar al mundo de su carácter humano.

            Es el final de la copa del mundo y España juega por vez primera en la historia del fútbol, pero desde la radio de nuestro espía suenan los cuarenta principales. Pulula  ajeno a la enorme expectación de las calles que arden de emociones contenidas y sin contener. Miles de personas se apilan en las terrazas de los bares y cafés, blandiendo orgullosos banderas españolas, vistiendo en una inmensa mayoría camisetas de la selección. Pero nuestro conductor sigue en su onda, impertérrito a pesar de  la algarabía exterior, obviando el ambiente que le rodea y algo molesto por la dificultad añadida que le supone  conducir con esa avalancha humana engulliéndolo todo.
            Shakira entona el waka-waka por la radio conectada, símbolo musical del mundial, llenándolo todo con sus exultantes cánticos. Nuestro conductor de este modo,  no se libra de ser partícipe aún a su pesar, pero evidencia con absoluta claridad  que el fútbol no es lo suyo.

            El espía urbano en su férreo silencio atesora minutos robados a almas  viajeras de inconscientes dueños. Minutos transparentes como agua de manantial, que apenas si atraviesan tímidos e insondables muros de controvertida libertad.
          
©Concha González.

           












viernes, 2 de noviembre de 2012




LA MULTA

Hoy no tenía ganas de caminar así que decidí sacar el coche del garaje.  Caía  una lluvia impertinente, de estas que parecen que no pero sí,  con lo que a lo bobo acabas empapadita de arriba abajo antes de que tes cuenta. Tenía unas compras que hacer en el centro con lo que busqué un aparcamiento en la hora lo más cerca posible de los lugares de mis quehaceres. Primero debía de ir a llevar unas botas a poner tacones al rapidito. A pesar de su nombre me llevaría media hora como mínimo. Después tenía que buscar unas deportivas y un chándal  para Iban y un libro de lectura para el colegio de Jorge. Además entraría en la confitería a por unas rosquillas de San Froilán y unos trozos de empanada. ¡Ah! ¡Qué no se me olvidara!, también necesitaba una boquilla nueva para la trompeta de Jorge, que la última se le había caído al suelo y se había abollado quedando del todo inservible. Todo ello, supuse, no me llevaría más de hora y media. Además  el surtidor no me dejaba más de este  tiempo para gastar, si no multa al canto. Apresuré la marcha, una vez instalado el tiquet en la guantera del coche, para acabar lo más pronto posible. La lluvia seguía haciendo de las suyas, con lo que tuve que dar la vuelta a por el paraguas que siempre llevaba en el maletero. El rapidito resultó ser lentito y tardó tres cuartos de hora en devolverme mis zapatos arreglados. Las zapatillas de deporte no acababan de ser del todo de mi gusto y necesite tres tiendas para dar con unas aceptables. El chándal lo localicé a la primera, pero la tienda estaba a rebosar y me comí un buen rato de cola para pagar. Las rosquillas, deliciosas ellas, se habían acabado y tuve que ir a otra confitería más lejana. Un capricho es un capricho. Y la boquilla... ¡vaya lío!. Que de qué marca era la trompeta, llamada a casa, que si qué modelo, llamada a casa, que si no la tengo y habrá  que pedirla a fábrica, pues ¡pídala de una vez leches!. Total dos horas. Dos largas horas.
Recordé que mi coche seguía estacionado en La hora. Mi euro y veinte céntimos habrían expirado haría ya treinta minutos mínimo. Probablemente estaría aún a tiempo de meter más dinero o simplemente de marcharme para casa. La verdad es que el día estaba para pocas fiestas, así que aceleré el paso bolsas en mano para tratar de resarcir el tema de una probable multa de aparcamiento. A lo mejor tenía suerte y con esto de la lluvia la pareja de dos aún no se  habían pasado por allí y el apurón que me estaba dando estaba siendo en balde. Noté como un hilillo de agua me corría por las espalda, no sabía si del carrerón o de la lluvia que ahora se había puesto de uñas y caía de lo lindo. Para colmo de males, la botas me hacían agua y lo acababa de descubrir en ese mismo momento. Entonces los vi. La pareja de dos acercándose a mi coche con muy malas intenciones. Traté de cruzar como pude por donde no debía para agilizar la marcha y un gamberro me puso perdida de arriba a bajo amén del riesgo de atropello. Todo fuera por no pagar una multa. Odiaba las multas pero ¿quién no? aunque lo mío con ellas era inquina. Una desazón inexplicable atravesaba mi cuerpo provocándome tembleque, tartamudez y flojera de piernas cuando me multaban por alguna razón. Creo que se trata de un trauma... algo de la niñez que supongo tiene que ver con "niña mala, castigo al canto". No sé, algún día a lo mejor he de tratarlo.
Cuando me acerque el mal ya estaba hecho. El papelito descansaba orondo y feliz sobre el cristal de mi coche aprisionado en una complicidad calmada con el parabrisas. Miré a la pareja con cara de circunstancias,  meneaban  la cabeza dejando bien claro que una vez puesta una denuncia  esta era inamovible. Les debió de dar tanta pena la visión que representaba, empapada  de arriba a abajo a pesar del paraguas, el pelo pegado a mi cara, sucia de barro por lo del gamberro, con las bolsas de la compra en la mano,  exhalando e inhalando al compás de la música heavy más heavy, que acabaron por explicarme que como no habían pasado más de quince minutos desde que se había producido la denuncia, podía recurrirla en las oficinas, que aún no eran las siete y media, y que si me daba prisa a lo mejor llegaba a tiempo para que me la resolvieran. Pregunté donde quedaban las oficinas de marras y me contestaron que a la vuelta de la esquina justamente. Miré la multa. Yo sabía que eran siete euros, que estaba cansada y que quería irme a casa, pero una vez la tuve en la mano algo superior a mí misma me arrastró hacía las mismas una vez más a la carrera más exacerbada ya que tan solo quedaban cinco minutos para que estas cerraran. Lo conseguiría. Corrí y corrí mientras la lluvia caía sobre mi cara. Me había desprendido del paraguas para ir más rápido, de las bolsas, de las rosquillas, del honor... y llegué justo cuando las estaban cerrando. Supliqué sin pudor alguno que me atendieran  y ellos viendo mi patético estado accedieron tan solo para decirme que si quería pagar allí mismo estaba en mi derecho, pero que lo podía haber hecho directamente sacando otro tiquet (previo pago) de la máquina para anular la infracción y metiéndolo en el sobrecito que a propósito para ello te dejaban allí agarrado a el parabrisas. Además, me explicó el buen hombre, el ir allí con la primera multa en mano dejaba la posibilidad abierta para otra segunda multa, a no ser que hubiera sacado otro tiquet  o hubiera movido el coche del lugar.  
Corrí y corrí de nuevo pero fue en vano. Allí tenía la segunda multa de la tarde.  

Cuando entré en casa mi marido y mis hijos me miraron atónitos ante el decadente aspecto que presentaba.
Alguno de ellos, no sé quién fue, tuvo a bien aconsejarme que para otra vez que tuviera que hacer recados en un día tan perro sacara el coche del garaje, que para eso estaba.

©Concha González.